Tres esposos, tres viudas

Tres esposos, tres viudas

«Con todo el cariño, para mi tía Dora, mi hermana Rosa, mi prima Mery y la familia del tío Juvenal. Un homenaje a quienes parten de este mundo en tiempos del Coronavirus.»

“La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos» – Antonio Machado.

Por: ALEXANDER VELÁSQUEZ

Hoy tres viudas lloran a sus amados esposos.

Sábado, 23 de mayo de 2020. Un infarto fulminante terminó con la vida de Oriol Tamayo, el esposo de mi tía Dora, hermana de mi papá. Fue el final de un matrimonio feliz de más de cuatro décadas.  Su cuerpo descansa en un cementerio de Ibagué, a donde sólo pudieron ingresar la tía y mis dos primos.

Domingo, 28 de junio de 2020. Un infarto se llevó por delante a Jimmy Enciso, el esposo de mi hermana Rosaura. Tenía apenas 36 años. Por 13 años conformaron una familia extensiva con los hijos de uniones anteriores de cada uno. Al Cementerio Central de Bogotá sólo pudieron asistir el círculo más íntimo;  los amigos debieron esperar afuera.

Domingo, 12 de julio de 2020. Muere William Montaña, el esposo de mi prima Luz Mery, sobrina de mi papá. Las complicaciones de salud a causa de una diabetes agravadas por la Covid-19 apagaron su corazón. Tenía 47 años. No hubo funeral por ser una víctima  de Coronavirus. De la Clínica de la Sabana su cuerpo  fue traslado al cementerio de Chía. Ni su esposa ni sus hijos Samantha, de 11 años, y Dylan, de 14, pudieron ofrecerle ese último adiós. Al momento de escribir estas palabras, ellos están en cuarentena, esperando los resultados de la prueba para Covid.

Debo tomar  varios descansos para poder escribir. No es fácil en medio del desasosiego.

La muerte en tiempos de  pandemia se parece a una tragedia griega, esas que se escribían  en la Atenas del siglo V a.C.  Vamos un  poco más acá en el tiempo: el dramaturgo y poeta  inglés William Shakespeare (1564-1616) que escribió 36 piezas teatrales, muchas de ellas  tragedias, se hubiera deleitado si viviera en nuestra época.

Morir en tiempos de pandemia es una doble tragedia. La tragedia de tener que aceptar la muerte de las personas que amamos y la tragedia de no poder honrarlas con un funeral digno.

Recuerdo que antes decíamos:

-“Para que la familia se reúna, se tiene que  morir alguien”.  

Ya ni eso es cierto. Porque ahora las despedidas se deben hacer  a través de las redes sociales y los abrazos quedaron para después. No es seguro para cuándo. Por ahora lo único seguro sigue siendo que un día todos nos vamos a morir.

Las visitas a los hospitales son improbables, a menos que uno sea el paciente… y  que Dios no lo quiera. La última vez que visité a un enfermo fue para llevarle manzanas a la Clínica San Ignacio de Bogotá. Recuerdo que reímos recordando anécdotas de cuando éramos niños  y ayudé al enfermero de turno a trasladar su cuerpo, ya derrotado por la enfermedad, a otra camilla. Al día siguiente ese amigo murió, víctima del Sida.

Es raro decirlo, pero la muerte siempre llega para darnos  una lección  a quienes aún transitamos por el mundo de los vivos.

Un bicho invisible nos tiene arrinconados, llenos de miedo, quizás el mismo temor que agobiaba a la gente de  la Edad Media cuando la peste negra mató  a media Europa, pero a diferencia de aquellas criaturas nosotros tenemos  la tecnología y debemos usarla para expresarles a nuestros seres queridos lo mucho que les extrañamos y el dolor de negarles los  abrazos contra nuestra voluntad. Es posible que un beso a través de la pantalla del celular o el computador no tenga igual significado, pero se vale como prueba de ese amor, de ese cariño, de esa amistad genuina.

Tengan conversaciones virtuales. Recuerden en vida los momentos compartidos. Ríanse de lo que haya que reírse. Lloren también cuando toque. Desempolven el álbum familiar de antes porque allí hay mil historias para contar. Expresen ahora lo que han callado por orgullo o por disgusto, porque puede que no haya un mañana para hacerlo.

Graben alguna conversación que ese puede ser su último tesoro.

Escriban lo que les salga del alma, así sea con mala ortografía,  -¡qué importa!- porque la escritura es una manera de exorcizar esto que nos pasa.

Virginie Despentes, escritora francesa dijo: -«La escritura funciona como una lucha contra el caos». Y yo le creo.

Suena paradójico, pero es la muerte  la que irrumpe –triunfante como es ella- para hacernos  replantear la vida. Nuestras vidas. La suya, la mía y la de los otros.

Recuerdo que cuando mi abuelita Evelia estaba a horas de partir de este mundo, (8 de febrero de 2013, faltando apenas semanas para cumplir los 80 años), tomé su mano izquierda en el hospital, le pedí perdón por las muchas visitas y conversaciones  que le quedé debiendo;  a ella que me crió y me educó  con todo su amor de mamá. Intubada como estaba por un horrible cáncer,  le leí el más bello de los Salmos del Rey David, mientras una lágrima rodó por su mejilla, todavía  rosadita como siempre.

Hoy comparto con ustedes este Salmo para honrar la memoria de quienes parten de este mundo en tiempos del Coronavirus, y en especial como un homenaje póstumo a los esposos de mi hermana Rosa, de mi tía  Dora y de mi prima Luz Mery, a quienes acompaño de corazón en su duelo.

(Nota: terminaba de escribir este texto, el martes 14 de julio de 2020, cuando al grupo de Whatsapp de la familia llegó otra noticia: la muerte por Covid del tío Juvenal, hermano de mi abuelita; tampoco hubo funeral ni despedida para él, que tenía 83 años).

Salmo 23

Jehová es mi pastor; nada me faltará.

En lugares de delicados pastos me hará descansar;
Junto a aguas de reposo me pastoreará.

Confortará mi alma;
Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.

Aunque ande en valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo;
Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.

Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida,
Y en la casa de Jehová moraré por largos días.

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