Los cuentos de la pandemia 1: CON DIOS MEJOR NO SE METAN

Los cuentos de la pandemia 1: CON DIOS MEJOR NO SE METAN

Para celebrar el Día del Libro, hoy 23 de abril, que también es el Día del Idioma, decidí estrenarme como cuentista. Un sueño que alimenté por años. Espero que me lean y comenten. Es la primera historia de una serie que he titulado “Los cuentos de la pandemia”.

Autor: ALEXANDER VELASQUEZ

Fui enviado como corresponsal a una ciudad de lo más extraña, con personajes y costumbres raras, rarísimas, aunque no había perros a cuadros. Tan extraña que ni siquiera figuraba en los mapas. Todo se veía tan limpio como si acabaran de inventar el mundo, pero algo terrible, muy terrible, ocurrió en ese lugar.

En mi primer informe para El Populacho –que así de pintoresco es el nombre del periódico donde el periodista soy yo- escribí con asombro  lo que vi y no tuve que inventar nada:

Un dentista aprendió algo de  ortodoncia  en un curso por radio pero  se rajó en la última clase donde tocaba sacar las muelas del juicio final porque, supersticioso como era,   pensaba que se podía morir ese día.

Una monja tenía el hábito de fumar cigarrillos electrónicos en la cocina del convento cuando la madre superiora se emborrachaba en el refectorium con vino en las rocas.

Una  prostituta que era universitaria  de día y mujer de la vida alegre  de noche –pero ella prefería que le dijeran puta, porque era una purista del lenguaje- y los sábados hacia obras de caridad en un asilo de ancianos donde estaban recluidos la mayoría de los abuelos de sus clientes.

Un piloto sabía hacer de todo menos  avioncitos de papel.

Un pastelero  amasó una gran fortuna pero luego la dilapidó por culpa de su mujer que era adicta a las compras y cuando lo arruinó lo cambió  por  un panadero que acababa de amasar  una gran fortuna.

Un reportero de la televisión fue el último en enterarse  de que su esposa le era infiel con  un portero de edificio.

Un bombero inventó la crema de cacao para los fuegos en la boca.

Un enano sufría dolores espantosos en la tibia cuando había luna creciente.

Un político se volvió ladrón y viceversa.

A un policía le robaban el bolillo cada tres días, por lo que fue necesario montarle  vigilancia para saber si era cleptómano, mitómano o melómano, porque se rumoraba que perdía el bolillo por andar enamorando muchachitas a punta de reggaetones malucos.

Un sacerdote   tenía negocios turbios con la madre superiora, a la que  le vendía a mitad de precio el vino de consagrar, que a su vez compraba con las limosnas de los feligreses. ¡Ah cura, condenado!

Personajes así de variopintos encontré por aquí, por allá y acullá, que hasta pensé que estaba alucinando.  ¡Pero juro por Dios que no!

Aunque no lo conocí, me hablaron de un abogado que se fue a litigar al infierno -de cariño le decían “el abogado del diablo”- porque no le permitieron la entrada al cielo, y con justa razón, pues  ¿de cuándo acá Dios anda metido en pleitos?

Además, si un día el Todopoderoso llega a necesitar ayuda, eso sería lo de menos -dijo la madre superiora, mientras se mandaba un caldo de costilla con jugo de naranja para calmar la última resaca-, porque, según dijo ella en tono burlesco, El De Arriba ya tiene defensa propia: los Testigos de Jehová, que fueron los únicos fanáticos de la fe capaces de encontrar esta ciudad, cuyos habitantes –toditos- habían perdido un tornillo.

Con el tiempo pasó lo terrible que comenté al principio del cuento, porque no se les olvide que estamos en un cuento. Lenguas viperinas aseguraron que fueron ellos, los Testigos de Jehová, quienes llevaron la peste del Coronavirus que mató a todos los lugareños menos a tres.  No quedó piedra sobre piedra, se dijo por ahí. Sin embargo, como nadie estaba cuerdo, -o más bien, como todos estaban chiflados-, la muerte dizque no les dolió.  Desde entonces, gentes de todo el mundo toman precauciones para mantenerse lo más alejados posible de los fanáticos de la fe, cualquiera que sea su religión, porque son como la peste misma: con la excusa de salvar almas van esparciendo sus mensajes divinos mezclados con mocos y tos.

Sólo se salvaron, eso sí,   la madre superiora, a la que echaron del convento y de la ciudad cuando le pillaron cajas de aspirina efervescente para el guayabo encaletadas en el patio del claustro, y el párroco, que fue  excomulgado y luego desterrado,   porque la religiosa,  ahora  pensionada,  se había ido a recorrer el mundo y cuando llegó a tomarse selfies en Ciudad del Vaticano, aprovechó y lo sapeó con Su Santidad.

Dicen –más esa parte no me consta- que la monjita que fumaba cigarrillos electrónicos también se salvó del Coronavirus pero luego murió de Epoc,  sin haber cumplido los 50.

-De parte de Dios, de parte de Lucifer ¿qué vienes a hacer aquí?, le preguntaron cuando un Uber la dejó en las puertas del infierno.  

 -Morcillas al diablo, respondió ella, muy segura.

 FIN

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